La taberna del irlandés


Dos amigos, ex-miembros de la Marina, llevan una existencia casi perfecta en una isla al Sur del Pacífico: pasan la mayor parte de su tiempo en El Arrecife de Donovan, la taberna del lugar en la que ambos discuten, alborotan y de alguna manera, tratan de romper la monotonía de la vida en el trópico. E inesperadamente llega Elizabeth Allen, una bostoniana solemne en busca de su padre.

akas: Donovan’s Reef, I tre della croce del Sud, Die Hafenkneipe von Tahiti, La taverne de l’Irlandais, Ceux de la croix du sud, Zij van het zuiderkruis
1963, USA, 110 min.
Director: John Ford Guión: Edmund Beloin, James Edward Grant Fotografía: William H. Clothier Música: Cyril J. Mockridge Intérpretes: John Wayne, Lee Marvin, Elizabeth Allen, Jack Warden, Cesar Romero, Dick Foran, Dorothy Lamour, Marcel Dalio, Mike Mazurki, Jacqueline Malouf, Cherylene Lee, Tim Stafford. Fecha de Estreno: 25 de noviembre de 1963


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3 comentarios el “La taberna del irlandés

  1. La crítica tradicional y gregariamente ha insistido en lo de “menor”, sin embargo yo le tengo a esta película un cariño muy especial, un hueco eterno de gratitud en mi corazón, que me hace verla como una estupenda realización del maestro Ford: uno de sus trabajos más lúdicos en el que, sin duda, debió gozarla sin tasa. La primera vez que yo la disfruté, aun siendo un falso filme de aventuras para niños, era tan jovencito que no recuerdo de ella más que el batir de los bongos y tambores de esos polinesios del Pacífico, habitantes en concreto de la isla de Haleakaloha (así se puede leer el nombre en los subtítulos), un mundo fastuoso de color en una naturaleza edénica y, cómo no en una obra fordiana, las sempiternas peleas a puñetazos entre lingotazos de cerveza y canciones tabernarias que suponen toda una celebración de la camaradería masculina.

    Y, en efecto, de todo esto hay a discreción en esta delicia hawaiana del director de “¡Qué verde era mi valle!” (1941), en la que quedamos enamorados por completo del paisaje insular, de los hospitalarios nativos (¡ay, ese sistema de conducción del agua que, al decir del gobernador francés, es… indescriptible!: imagínense la de ondulaciones y curvas que presenta ese transporte mediante el movimiento de gráciles beldades isleñas, bailarinas de la “hula” o danza típica hawaiana), de sus músicas y del conmovedor cuento navideño que, en definitiva, viene a resultar esta entrañable historia. Una película realizada, nada más y nada menos, que entre la contribución de Ford con su episodio sobre la Guerra de Secesión (1861-1865) al gran clásico coral de “La conquista del Oeste” (1962) y su bellísima “El gran combate” (1964) -qué precioso, por cierto, es su título original: “Otoño cheyenne”-, ya en la última fase de su magistral carrera de cineasta sin par. Y en la que nos brinda una tierna lección de tolerancia, apertura de miras, rechazo del prejuicio racista, amistad más allá del tiempo, lealtad y romanticismo, no exenta, claro está, de sus dosis de paternalismo, bonhomía, ingenuidad y altruísmo (no se recomienda, desde luego, a feministas de enjuto sentido del humor).

    Pero, no lo olvidemos, estamos gozando de un cuento solidario, humanista y de reconciliación en que todo contribuye a celebrar no solo la epifanía navideña, sino también la vida misma en un entorno paradisíaco en el que el genial Ford consigue que los espectadores se conmuevan y emocionen y hasta echen alguna que otra lagrimita de felicidad, ojo, sin empalago alguno (ni turrón al alcance de la mano). Quedan en nuestra retina cinéfila muchos momentos inolvidables por su emoción auténtica y por esa maestría inigualable del maestro para trocar cada plano en una composición pictórica única, en especial con un marco geográfico como el de esta ínsula paradisíaca del Pacífico. Aquí nadie sobra y todos cumplen con eficacia su función en este filme coral: monjas, sacerdote (un bondadoso Marcel Dalio), marinos (genuflexión, por favor, para el borrachín Gilhooley-Lee Marvin), soldados, diplomáticos (desopilante César Romero), guías, músicos, bailarinas, cantantes en decadencia (impagable Dorothy Lamour muy cómoda en un contexto familiar para la joven actriz que interpretó en 1937 la estupenda “Huracán sobre la isla”, del mismo Ford), médicos (Jack Warden, en un ajustado y sobrio personaje tan alejado de su canallesco capataz estibador en el recomendable filme de Martin Ritt: “Donde la ciudad termina”, de 1957) o ese Donovan, capitán de barco y tabernero, que en la piel de John Wayne consigue que nos sintamos como niños divirtiéndose con sus peripecias, correrías y aventuras… amorosas con una Elizabeth Allen, finalmente, que a su vez logra que nos enamoremos como si fuera la primera vez de una maravillosa bostoniana como la que ella representa y que es todo un homenaje fordiano a la mujer. Deliciosa.

    NB: la película está editada en dvd en España desde hace ya varios años por la Paramount Home Entertainment (Spain), en lo que supone una de las mayores chapuzas perpetradas de la edición digital, ya que presenta subtítulos en más de una decena de idiomas pero no en castellano. Grave error sin duda de esta distribuidora para los amantes de la versión original subtitulada entre los que me incluyo. Menos mal que viene con el magnífico doblaje clásico de los excelentes profesionales españoles (Fernando Rey, Fernando Ulloa, Rafael Luis Calvo, Rafael Navarro, Elsa Fábregas, María del Puy, Mª Victoria Durá, Elvira Jofre…), que en los años sesenta-setenta a tantos adolescentes nos hicieron amar al cine además de por la imagen por esas recreaciones sonoras que fueron un verdadero paradigma de amor al oficio y al trabajo bien hecho. Sirvan estas breves líneas de homenaje agradecido a todos ellos.

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  2. Pues para mi,difiriendo de I. Bilbao,que casi siempre tiene razon en este caso y espero que no se moleste a mi me parecio bastante aburrida y tediosa con un ritmo lento aunque me imaginmo que en algunas escenas o en el rodaje estarian borrachos de verdad aunque no lo se,es la tipica pelicula que rodaron para pasarselo bien,aun asi la interpretacion es bastante buena,lo mejor para mi son las escenas de las peleas,las nativas y el paisaje,floja.

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  3. “En la isla de “Haleako-Loha”, se armó tal jaleo, que sus ecos resonaron durante muchos años en las pantallas. El era un pícaro, pero ellas lo eran mucho más. Reirá Ud. muy a gusto y a grandes carcajadas con lo incidentes e esta colosal superproducción.”

    Así rezaba la publicidad del programa de mano del Cine Las Vegas, de Figueras, allá por Setiembre de 1966.

    Mi opinión sobre la cinta es esta:

    Divertido film menor del maestro Ford. Su única pretensión fue divertirse junto a varios de sus mejores amigos de la industria del cine. De paso, y como quiera que era el número uno, divirtió a todo el que la vió.
    Dinámica, simpática, un tanto gamberra, se ve sin ninguna pretensión aunque, claro, no está exenta de virtudes cinematográficas. Siendo de Ford aún ciego dirigiría mejor que la mayoría.

    Bellísimos paisajes, impresionante fotografía, bonitas muchachas, algo de machismo y peleas a puñetazos como nunca se han visto a cargo de Wayne, Marvin y alguno más que no recuerdo.

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