El extraño caso del doctor Jekyll


Un científico obsesionado por separar los impulsos de maldad del ser humano de su naturaleza, se bebe una poción de su invención que lo convierte en un monstruo.

akas: Dr. Jekyll And Mr. Hyde, Dr. Jekyll et Mr. Hyde, Il dottor Jeckyll e Mr. Hyde, Arzt und Dämon, Dr. Jekyll og Mr. Hyde
1941, USA, 113 min.
Director: Victor Fleming Guión: John Lee Mahin Fotografía: Joseph Ruttenberg Música: Franz Waxman Intérpretes: Spencer Tracy, Ingrid Bergman, Lana Turner, Donald Crisp, Ian Hunter, Barton Maclane, C. Aubrey Smith, Peter Godfrey Fecha de estreno : 13 de enero de 1948


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Un comentario el “El extraño caso del doctor Jekyll

  1. Algo olvidada en mi memoria, reviso ahora esta afamada adaptación del clásico de Stevenson, y me sorprende comprobar cómo el paso del tiempo no ha logrado camuflar sus insuficiencias (pese a la amplitud de medios, el film carece de clima, de personalidad propia, de verdadera inventiva).

    Ya desde el comienzo, no se puede obviar la pobre caracterización del gran actor para el personaje (debe ser el único film de Spencer Tracy de los años 40 en el que éste no brilla en casi ningún momento, no sorprende, no apasiona), y la pobre solución narrativa que el director oficial de la cinta (el desconcertante Victor Fleming) ofrece en los momentos de la transformación físico-psicológica de Jekyll en Hyde, así como el (reconocible) convencionalismo de toda la operación (un trabajo “de prestigio” para el estudio de turno, una película perfectamente ambientada y fotografiada, pero que no se acoge ni a la adaptación fiel del original literario ni a la renovación o superación de anteriores visiones que el cine había mostrado sobre historia y personaje).

    Una única excepción suponen las escenas oníricas, en las que las dos actrices (que rivalizan en belleza), demuestran toda su valía, así como en la sutil y exquisita interpretación de cada una (la adorable y respetuosa/la humilde e ingenua). Ellas dos son el principal atractivo de la cinta (y cuando alguna de ellas está en pantalla, el film gana mucho, como por ejemplo la inolvidable/inigualable escena de seducción en el carruaje).

    Aparte de eso, el resto del film (excluyendo, claro, el excelente reparto de secundarios), hace añorar las dos mejores versiones que se recuerdan: la algo teatral pero imponente y considerada definitiva en su momento “El hombre y la bestia” (con la mejor interpretación de John Barrymore, y todo el encanto del cine mudo de terror, expresionismo, composición de ambientes, encuadres, trucajes, etc), y la maravillosa “El hombre y el monstruo” (con la mejor interpretación de Fredric March y Miriam Hopkins hasta ese momento, Oscar al primero y celebridad para ambos, así como sus legendarias innovaciones técnicas, narrativas, de montaje y de simbolismo, de la mano del hoy poco revalorizado pero importantísimo y fundamental Rouben Mamoulian).

    Aparte de los momentos de transformación, Tracy parece no “atrapar” del todo a su personaje, no se le ve cómodo o convencido, y es esa la sensación que queda en el espectador al contemplarle: el de esfuerzo inútil, sin apenas recompensa.

    Sin olvidar algún hallazgo dramático, el ingente trabajo de vestuario, y la magnífica labor de las dos actrices (sobre todo de Ingrid Bergman, cuya interpretación puede compararse al de las mejores actrices de cualquier época pasada o actual, lo cual sorprenderá a los que no la conozcan todavía y no hayan descubierto sus trabajos con Cukor, Hitchcock o Rossellini), la película acaba por desmerecer todos los esfuerzos que se pusieron en ella (lamentablemente, parece que el grueso de adaptaciones posteriores para cine y TV la han tomado como modelo, además).

    Atractiva, con momentos de interés y valía, pero lejos de ser siquiera un pequeño clásico, y muy por debajo de las justamente consideradas mejor versión (en el cine mudo, en el sonoro) de tan ilustre original literario, desconozco si fue un éxito en taquilla (me temo que así fue, al menos en España), pero todo su alarde de presupuesto y riqueza visual no hacen olvidar ni por un instante su superficialidad. Una verdadera lástima.

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