Detective sin licencia


Eddie Ginley, presentador y animador de veladas de cabaret, es un apasionado de la literatura policiaca que vive obsesionado con la idea de convertirse en un personaje de Dashiell Hammett. Así, un día, publica un anuncio ofreciéndose como detective privado. Pronto se le presenta el primer caso: un desconocido se pone en contacto con él y le envía una importante suma de dinero, una pistola y una fotografía para que haga desaparecer a una joven universitaria, hija de un militar.

akas: Gumshoe
1971, GB, 88 min.
Director: Stephen Frears Guión: Neville Smith Fotografía: Chris Menges Música: Andrew Lloyd Webber Intérpretes: Albert Finney, Billie Whitelaw, Frank Finlay, Janice Rule, Carolyn Seymour, Fulton Mackay, George Innes Fecha de estreno: 25 de noviembre de 1972

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Un comentario el “Detective sin licencia

  1. Uno de esos trabajos concebidos para la TV que, debido a su excelente resultado final, acaban estrenándose en pantalla grande (hay otros grandes ejemplos: “Código del hampa”, “Los clowns”, “El diablo sobre ruedas”, “Bremer Freiheit”, “De la vida de las marionetas”, “Mi hermosa lavandería” del propio Frears, y últimamente “Llámame Peter”).

    Pese a lo modesto del presupuesto, un entonces prometedor realizador (el gran Frears), demuestra dotes inusuales para el homenaje/admiración y la renovación en profundidad de un género (el cine negro) que no pasa por su mejor momento: es la época del último clasicismo con Gordon Douglas (“Hampa dorada” y “El detective”, sobre todo), Don Siegel (“Brigada homicida”) o John Milius (“Dillinger”), de la desmitificación de Robert Altman (“El largo adiós” y “Ladrones como nosotros”), de la reivindicación que suponen títulos como “Adiós, muñeca” o “La mujer del domingo”, del apasionamiento de Alain Corneau (“Policia Python 357”) o de la deconstrucción de Polanski (“Chinatown”), pero todo ello son solo resquicios dentro del panorama de esos años (sucede igual con el resto de los grandes géneros que también ahora entran en declive: el western, el musical, el melodrama).

    El empeño de Frears por desentumecer las claves del “noir” se manifiesta en forma (estilo, estética), en fondo (individualidad, crítica social, ambientes urbanos) y en lenguaje (sobriedad, ángulos y enfoques, puntos de vista), elevando el mero ejercicio de estilo a niveles de elevada exigencia y honestidad, y poniendo todo su talento al servicio de la historia que narra (de lo que la trama pide a cada momento para resultar creíble, veraz), teniendo presente la inclusión del sello más genuino del género (cierta confusión argumental, cierta ambigüedad, ráfagas de violencia psicológica y física, la soledad del protagonista, la poética de la incomprensión, etc).

    Con una puesta en escena que, por momentos, denota minimalismo y desnudez, el film se eleva muy por encima de la media, y logra trascender los límites que imponen sus escasos medios, creando una atmósfera cuidada y envolvente que sumerge al espectador en un universo tan definido como intransferible, siendo considerada desde su estreno un auténtico clásico instantáneo.

    El paso del tiempo no ha ensombrecido ni minusvalorado tal condición, y la cinta queda como uno de esos clásicos modernos que supieron hacer de su modestia y falta de pretenciosidad su mejor baza (analizándola detenidamente o a nivel global, es un trabajo redondo, poderoso, sustancial).

    Uno de los últimos papeles principales del magnífico Finney (quien a partir de entonces pasó a abordar papeles más secundarios de manera fehaciente, con las excepciones de “Bajo el volcán” y “Un hombre sin importancia”), en un rol que parte menos del personaje clásico (un Bogart, Cagney, Powell, Muni), y participa más de una renovación anterior (el Alan Ladd de “El cuervo”, el Alain Delon de “El silencio de un hombre”), acompañado de un notable secundario de cine y TV (Finlay) y dos actrices de probada solvencia (Whitelaw, Rule), para una obra que reinventa desde dentro, evitando anacronismos(argumentales, estéticos) y anclándose a la perfección en la actualidad (social, política) del momento.

    Película de regusto clásico, con aroma y clima de modernidad, y perfectamente asequible para el gran público, significó la revelación internacional de su director, y puso de relieve la validez de la nueva generación británica que, tras perfeccionar la TV de entonces (Los Loach, Leigh, Russell, etc. que revolucionan el docudrama, los espacios culturales, el teatro planificado para la pequeña pantalla), iniciaban su carrera en el cine con la misma fuerza que la anterior (los Richardson, Reisz, Anderson, Schlesinger, etc).

    Una de esas películas que, injustificadamente, jamás aparece en las listas, y cuya influencia en el cine posterior (dentro y fuera del género), bastó para que entrase de lleno en la Historia. Un título que merece ser visto/redescubierto desde ahora mismo.

    Imprescindible.

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